Posteado por: tucidides | 18 enero 2010

Un Dios enfurecido

¿Por qué apelar a un Dios que en el mejor de los casos parece estar ausente, y, en el peor, estar cobrando venganza? Los haitianos no tienen otras opciones

Por POOJA BHATIA / PUERTO PRÍNCIPE, Haití

D urante la mayor parte de las últimas 20 horas he estado caminando por las destrozadas calles de esta ciudad. El martes por la noche, cuando aún no teníamos una visión clara de la magnitud de la devastación, se oían cánticos por toda la ciudad: canciones con letras como “Oh, Señor, manténme cerca de Ti” o “Perdóname, Jesús”. Los predicadores se encaramaban sobre cajas e improvisaban sermones, diciéndoles a aquéllos que les oían desde la oscuridad: “Da la impresión de que el Señor se ha ido, pero Él está aquí. Siempre está aquí”.

Al día siguiente, cuando el sol develó cadáveres por todas partes y tal parecía que uno de cada cuatro edificios se había desplomado, los haitianos seguían rezando en las calles. Pero en su mayoría estaban sollozando, tratando de hallar a sus amigos o parientes, buscando ayuda en vano o, sencillamente, dando tumbos en estado de shock.

Si Dios existe, bien que la tiene cogida con Haití. Los haitianos lo piensan así también. Zed, una sirvienta en el complejo de apartamentos en el cual me alojo, dijo que Dios estaba furioso con los pecadores de todo el mundo, pero en especial con los de Haití. Pero Zed me dijo que el terremoto había fortalecido su fe, y que ella comprendía que se trataba de un castigo divino.

Este terremoto hará que parezcan juegos de niños las devastadoras tormentas de 2008. Han desaparecido vecindarios completos. La noche del terremoto, acompañé a mi novio -quien trabaja para la Cruz Roja Americana- a visitar a cientos de haitianos que vivían en arrabales erigidos en las laderas de las montañas. Las heridas que vimos eran demasiado graves como para que pudieran atenderse con las botellas de antisépticos, gasas y cintas a prueba de agua que llevábamos con nosotros: cráneos desbatarados, huesos y tendones asomándose por entre la piel, pedazos arrancados de los cuerpos. Algunos morirán en los próximos días pero, en cierto sentido, esos serán los más afortunados.

Nadie sabe a dónde acudir con sus heridos o muertos, o dónde hallar agua y comida. La ayuda no aparece por ninguna parte. Los hospitales que aún se mantienen en pie están rechazando a los heridos. Los cuarteles de la misión pacificadora de las Naciones Unidas, que ha provisto la ayuda logística de todo el país, se han desmoronado. No funcionan los teléfonos celulares ni de satélite. Los automóviles no pueden pasar por muchas de las calles, que están bloqueadas por las casas destruidas. Los policías parecen brillar por su ausencia.

“Si éste fuera un país serio, habría trabajadores de emergencia aquí, ayudando a rescatar los niños que están sepultados debajo de esa casa”, me dijo mi amiga Florence. Florence es una parapléjica que a menudo se sienta en el exterior de su casa en el vecindario Bois Verna. La casa aledaña se desplomó y Florence dijo que, durante un tiempo, escuchó los llantos de los niños que yacían dentro.

¿Por qué, entonces, apelar a un Dios que en el mejor de los casos parece estar ausente, y, en el peor, estar cobrando venganza? Los haitianos no tienen otras opciones. Su país cuenta con un largo historial de represión y explotación; los pacificadores internacionales vienen y van; la tierra ya no provee alimentos; los empleos son casi inexistentes. Tal vez un Dios oculto sea mejor que nada.

Fuente: http://www.elnuevodia.com/undiosenfurecido-660397.html

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