Posteado por: tucidides | 19 mayo 2010

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Sofía Irene Cardona

19 Mayo 2010

Nuestra universidad ha funcionado en la precariedad desde hace tiempo. Larga es la lista de carencias y, afortunadamente, numerosas han sido las maromas que se hacen diariamente para mantener la calidad de nuestro trabajo con los recursos que encontramos a la mano.

Nuestra universidad ha funcionado en la precariedad desde hace tiempo. Larga es la lista de carencias y, afortunadamente, numerosas han sido las maromas que se hacen diariamente para mantener la calidad de nuestro trabajo con los recursos que encontramos a la mano. Los que laboramos allí estamos acostumbrados a exprimir el presupuesto, no necesitamos que nos prediquen austeridad. Hace tiempo que la UPR se amarró los pantalones.

La mayoría del estudiantado de nuestra universidad, que conste, es egresada de la escuela pública y conoce muy bien lo que son las estrecheces presupuestarias. A pesar de las precariedades, aquí encuentran profesores bien preparados, se enfrentan a desafíos intelectuales que pueden convertirlos en excelentes profesionales, y acceden a un espacio de creación y desarrollo en diversas disciplinas. Confían en que su universidad, con todas las limitaciones e incomodidades, aún es reconocida como la mejor del País. Les consta que la formación que reciben los habilita para continuar carreras en prestigiosos centros académicos alrededor del mundo.

Las familias de nuestros estudiantes han pagado años de contribuciones. Durante un breve periodo gozan del merecido “privilegio” de una educación de calidad para sus hijos, quienes, una vez en el mercado de trabajo, continuarán aportando a la formación de futuras generaciones por buen rato. Todos los contribuyentes, valga aclarar, sin embargo, se benefician de la constante labor de quienes pasan por la institución. ¿Puede imaginarse hoy, a estas alturas, un Puerto Rico sin universidad?

Son encomiables los esfuerzos que han hecho los estudiantes por defender en estos días la universidad pública. Se han informado y organizado, han tenido que vérselas con manipulaciones y acosos, con desalientos y amenazas. Con todo, han logrado mantener la entereza y ejercer la imaginación que a otros, indiferentes o desencantados, les falta. Son, pues, merecedores de nuestro respeto y, sin duda, de una meditada respuesta de las autoridades a sus reclamos.

Si los escuchan de buena fe, se habrán sumado al esfuerzo y habrán logrado reivindicar para todos nuestra Universidad como un espacio de genuina intelección y consoladora esperanza.

La autora es escritora y profesora universitaria.
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