Posteado por: tucidides | 8 junio 2010

CARTA ABIERTA AL ESTUDIANTADO DE LA UPR

Francisco José Ramos
Filósofo y profesor de la UPR
27 de mayo de 2010
San Juan de Puerto Rico

Queridos estudiantes:

Quisiera en estos momentos cruciales, difíciles y de incertidumbre en nuestra Universidad compartir con ustedes las ideas que siguen. Entiendo que toda ocasión es buena para filosofar, para poner a prueba nuestro amor y práctica de la sabiduría. En todas las épocas y culturas se desatan unas fuerzas que no toleran ni soportan la dimensión poética, alegre y creadora del pensamiento. Podríamos para efectos de este escrito denominar reactivas esas fuerzas, concepto que incorporo y hago mío en el contexto de la lectura que hace treinta años hiciera de un libro memorable: Nietzsche y la filosofía de Gilles Deleuze. Toda lectura verdaderamente próspera termina por encarnarse y transformarse con lo imprevisible de nuestras vidas.
En torno a esas fuerzas suelen cristalizarse las más tristes pasiones, es decir, el odio, la envidia, el rencor, el resentimiento, el menosprecio, el auto-desprecio, etc. Cuando estas fuerzas reactivas se consolidan, por las razones que sean, en una u otra estructura de poder – y toda estructura de poder es, por definición, política, es decir, nos atañe y afecta a todos y a todas – hay que ponerse en guardia. Da igual que esas estructuras de poder sean de izquierda, centro o derecha; liberales o conservadoras. Aunque hay que reconocer que el fascismo, en todos sus diversos matices, implica una solidificación muy particular de dichas fuerzas. En cualquier caso, hay que estar alertas, despiertos, atentos y cuidadosos.
Es necesario precisar que las fuerzas reactivas no son las “fuerzas del mal”, a las que habría que oponer las “fuerzas del bien”. Conviene dejar de pensar en términos del bien y del mal como entidades ajenas a nuestra composición psicofísica, es decir, al conjunto mente-cuerpo que nos distingue como humanos. El “bien” y el “mal” son factores mentales o cualidades psíquicas que responden a la naturaleza volátil de nuestros deseos. Promover la rectitud y evitar la pusilanimidad es una decisión y un compromiso que atañen al cultivo y desarrollo de nuestra mente. Y esto es una tarea de por vida; de muchas vidas.

Por “fuerza” hay que entender, en términos generales, un determinado despliegue de energía vital que puede ser creador o destructivo. Podemos reconocer como activo el devenir creador de las fuerzas. No obstante, hay que tener en cuenta que son múltiples los modos en los que se manifiesta esa doble vertiente, activa y reactiva, del devenir de las fuerzas. Así, por ejemplo, lo que en un momento aparece como activo y creador, puede degenerar en un padecimiento reactivo y destructivo. La vida de cada uno está llena de esos giros; pero también la historia de los pueblos y, muy particularmente, la de las revoluciones, sean políticas o intelectuales. Me parece fundamental no perder de vista este importante detalle.

Al pensar en términos de fuerzas reactivas, estamos ante unas disposiciones anímicas y corpóreas que ejemplifican o ilustran el comportamiento de ese peculiar aspecto de la inteligencia humana que es la estupidez. La estupidez puede definirse como la incapacidad para calibrar y valorar las consecuencias de nuestros actos, debido a la falta de atención con respecto a lo que pensamos, decimos o hacemos con el cuerpo. La atención hay que cultivarla de manera enérgica, y es algo irreducible a lo que denominamos “conciencia”. La estupidez es, en definitiva, lo que ignoramos de nuestras propias fuerzas; ella se anida y acomoda en el empeño de no percatarnos, en la negativa de no querer caer en cuenta de las condiciones de la existencia y sus implicaciones: nacer, envejecer, enfermar y morir. Percatarnos de estas condiciones implicaría reconocer que lo que llamamos vida es, realmente, la oportunidad de un único momento; cada momento de vida no cesa de reunirse con el momento único de lo que significa vivir.
Las fuerzas reactivas se nutren de nuestra ignorancia y de la impotencia para apreciar y reconocer la intensidad de la vida. Cuando están ligadas a las pasiones tristes, las fuerzas reactivas repudian con particular vehemencia y recelo la jovial afirmación de la vida que encarnan las fuerzas activas. Las fuerzas reactivas y las activas están entrelazadas en las coordenadas espacio-temporales de nuestra mente y de nuestro cuerpo. Hay que precisar que la mente es inseparable del cuerpo; aunque hay que distinguir apropiadamente el cuerpo de la mente, ya que suponen dos actividades a velocidades distintas, la del pensamiento y la de la materia – una más rápida otra más lenta – que en su interacción apuntan al infinito.
En su carácter reactivo, las fuerzas reactivas se organizan en base a la supervivencia y adaptación: ellas son, en efecto, una reacción a la intensidad de la vida. En tanto que las fuerzas activas, como su nombre indica, tienden siempre a ir más lejos, a desprenderse del mero afán de supervivencia, a crear nuevas condiciones de vida. Puesto que todas las fuerzas vitales son impersonales, no del todo conscientes o inconscientes del todo, la confusión de las fuerzas es inevitable, y lo que era activo puede tornarse reactivo, o viceversa. He aquí, pues, una moraleja: el gran desafío de la inteligencia humana consiste en cultivar las fuerzas activas e ir abandonando el apego o adherencia congénita a la ignorancia y la estupidez.

Se deriva de este desafío otro reto claramente ético: cómo vivir sin quedar subordinados a las pasiones tristes, pero tampoco a la fugacidad de las alegres pasiones. La leyenda del Conde Drácula, y la obra literaria y cinematográfica a la que ella ha dado pie, es un bello ejemplo de esa agonía reactiva de las pasiones, y una demostración de que el arte es un gran recurso para confrontar los poderes más destructivos y perversos. Poderes que no son para nada ajenos a nuestra humanidad, insisto en esto. Recomiendo que vean una gran película que ilustra muy bien la confluencia del poder con las fuerzas reactivas y activas: Mephisto (1981) basada en la novela del mismo nombre escrita por Heinrich Mann, y dirigida por István Szabó, en una producción de lo que fuera la República Democrática Alemana.

Una célebre sentencia de Terencio, autor dramático de la Roma del siglo II a.c., resume a la perfección lo expuesto: Homo sum nihil humanis a me alienum puto. Es decir: «Hombre soy, nada de lo humano lo pienso como ajeno.» De paso digo que el verbo puto significa pensar; de ahí la palabra “computadora”, o la expresión “ciencia de cómputos”. Pero puto significa también limpiar, podar, poner en claro, clarificar; en fin, despejar el camino para el entendimiento. Cabe, a propósito, preguntarse de dónde sale la connotación de “puta”, cuando se dice hijo o hija de la gran puta. Me inclino a pensar que dicha expresión tan elocuente remite a puter, putris, que significa podrido; pero también blando, flojo; lánguido. Con todo lo cual podemos hacernos una idea del grado de putrefacción de la actual administración universitaria, sin tener que llamarle “hijo de puta” o “hija de puta” a nadie. Si volviésemos a la antigua lengua latina, aprenderíamos cosas maravillosa; pero sobre todo aprenderíamos a articular con elegancia y claridad nuestros pensamientos.
Cabe entonces hacer una distinción instructiva entre fuerza y poder. A este respecto me remito a otro gran libro: Masa y poder de Elías Canetti. Retomemos el concepto de fuerza. La fuerza es un fenómeno físico; pero es también un fenómeno biológico que atañe a todos los seres vivos, y que persiste de manera mucho más elaborada en la cultura, dada la extraordinaria complejidad del cerebro humano. El poder es una instancia más elaborada, derivada de la fuerza, «cuando la fuerza dura más tiempo se convierte en poder», escribe Canetti, e ilustra el asunto con la analogía del gato y ratón: «El espacio que el gato controla, los vislumbres de esperanza que concede al ratón, vigilándolo meticulosamente, sin perder su interés por él y por su destrucción, todo ello reunido – espacio, esperanza, vigilancia e interés destructivo – podría designarse como el poder mismo.» Se explica así el estrecho vínculo del poder con la paranoia; y del secreto con el poder.
Luego de leer este libro, y si les parece bien, podrían comprar un ejemplar y regalárselo a la presidenta de la Junta de Síndicos o al presidente de la Universidad. A ver si lo leen y entienden de qué se trata el poder y la fuerza que ellos representan y de qué se trata, en sus reclamos de participación en el poder, la fuerza de la comunidad universitaria. Sería un gesto de sincera compasión. Porque la compasión, bien entendida, se nutre de la sabiduría, y no tiene nada que ver con cogerle pena a alguien (¡ah! la desgracia del “ay bendito”), sino con entender, realmente entender, que toda forma de vida sufre y padece. Y que le toca a cada cual hacerse cargo de su padecimiento, pues nadie es capaz de sufrir por otro, ni de redimir a nadie de los padecimientos de los que sólo él o ella son responsables.
El más fuerte no es el más poderoso; y el más poderoso no es el más fuerte, por más astuto y voluptuoso que sea el anhelo de poder, sea el de un hombre o de una mujer. Por otra parte, qué duda cabe de que puede darse una dimensión creadora y activa del poder. La Atenas de Pericles, el reinado de Asoka en el noreste de la India, el emperador filósofo Marco Aurelio, y la dinastía Tang en la antigua China, son ejemplos de ello.
Llego así luego de un rodeo ineludible a la médula de estos planteamientos. Lo que está en la base del actual conflicto universitario es el empeño de la actual administración por imponer de manera irreversible en nuestra única Universidad pública un discurso, una práctica y un orden funcional calcado del modelo empresarial característico de la economía del mercado. Se trata de administrar la Universidad en base a los mecanismos reactivos de adaptación, rentabilidad, competitividad, y eficacia. Debo añadir que este concepción empresarial de la educación superior no es nueva; lleva al menos un par de décadas, pero se ha tornado impúdica y descarada su imposición. Nada de sorprendente tendría que la presente legislatura en nuestro país, con su acentuada vocación reactiva, y ya no sólo reaccionaria, esté fraguando una nueva ley universitaria en esa dirección.
Dado que dicho empeño es incompatible con la idea histórica de la Universidad, y puesto que las autoridades universitarias – las actuales, pero también las anteriores – no disponen ni del prestigio intelectual ni de la creatividad para seguir la pauta de las más ricas tradiciones universitarias, sean americanas o europeas, su único referente es el modelo socarrón de la educación como un gran negocio que ha de estar agenciado por los
criterios del marketing. De lo que se trata, pues, es de fabricar una imagen de educación superior mediante el asesoramiento y los recursos de la Publicidad y de las Relaciones Públicas, explotando así el cada vez más paupérrimo nivel educativo de nuestro pueblo; su patológica dependencia de los EE.UU., y satisfaciendo demagógicamente las demandas de un gusto popular moldeado por la propia voracidad del capitalismo.
Hay que decir que el mencionado empeño de la actual administración universitaria se inserta en la sórdida y promiscua violencia que inunda todos los pliegues del tejido social de nuestra cultura contemporánea. En este sentido, las reivindicaciones, del todo sensatas, que han motivado la actual huelga estudiantil tienen como trasfondo una sociedad en acelerado proceso de descomposición, y el vértigo de una primera civilización mundial que todavía no ha podido trazar el horizonte de sus acciones. Se entiende y se explica así la extraña mezcla de extraordinarios avances científicos y tecnológicos, con una alarmante dosis de pensamiento mágico, superstición y de una religiosidad delirante, perfectamente compatibles con el puritanismo y el desenfreno sexual.
Les recomiendo que estudien la formación histórica de las estructuras de poder en la sociedad capitalista en dos momentos particulares: a comienzo del pasado siglo y luego de la hegemonía militar y económica norteamericana, una vez concluida la segunda guerra mundial. Hay ahí mucho que aprender acerca de la historia de nuestra isla.
Se nos ha querido hacer creer, sobre todo después del fracaso del experimento socialista de lo que fuera la Unión Soviética, que el capitalismo es igual a democracia. Pero esto no es cierto, pues bien entendida la democracia es un experimento con las fuerzas activas, con el espíritu de la colaboración, y no con la competencia y la expropiación reactiva de las fuerzas.
Se nos ha querido vender el cliché de un igualitarismo que se confunde con la uniformidad; y el de una diferencia que se disuelve en la demanda desquiciada de consumo de bienes materiales o inmateriales. Pero nadie es igual a nadie, ni idéntico a sí mismo, ya que todos y todas participamos, a tono con la singular composición psicofísica de cada cual, de una misma experiencia radical de lo común. Nada ni nadie existe por sí ni en sí mismo.
Se nos ha querido hacer creer que somos libres porque podemos escoger un “objeto” de nuestra preferencia, sea en un proceso electoral o sea en base a una oferta mercantil que apela a lo más chato y pueril de nuestra imaginación; cuando en realidad todas las opciones que se nos presentan no suponen de ninguna manera una alternativa real para una transformación creadora de nuestras condiciones de vida. Se nos quiere imponer en nombre de la libertad un estado de servidumbre generalizada, donde cada uno y cada una puede aspirar a ser un adicto y, por ende esclavo, del capital.
Se nos ha hecho creer que la democracia está legítimamente representada por los partidos políticos, cuando es del todo evidente que los políticos profesionales, sean hombres o mujeres, y salvo cada vez menos excepciones, han alcanzado los niveles más patéticos de desprestigio, por su falta de entereza y de palabra. La mayoría se sostiene por sus acólitos y pendencieros a la manera de la mafia, que ha pasado, de facto, a ser el modelo de organización, a escala internacional, de los partidos políticos. Cabe preguntar: ¿qué sería del marco legal del capitalismo, muy particularmente del capitalismo financiero, si desapareciera el mercado negro y, sobre todo, sin el cada vez más sofisticado poder reactivo del narcotráfico?
Hay, pues, que volver a pensar la democracia, volver a pensar la educación, volver a pensar la Universidad. Pero el pensamiento y el entendimiento son un ejercicio de paciencia que tienen un ritmo propio, un característico hálito vital. Su fuerza no puede estar subordinada al “negocio” ni a la “productividad”. El negocio es la negación del ocio (nec otium), es decir, del tiempo libre para disponer libremente de sí mismo; la productividad es la negación de la poesía, es decir, de la acción creadora (poíesis). El poder (Power), el dinero (Money) y el éxito (Success) conforman la trinidad del capitalismo universal, la nueva religión del Capital. Frente a ello, tenemos que afirmar la más fecunda potencia de obrar de nuestro cuerpo junto a la más noble potencia de nuestro entendimiento. Hay que ser capaz de cultivar tanto el amor incondicional a todos los seres vivos, como la práctica, y no sólo la especulación teórica, de la sabiduría y la ecuanimidad.
Una vez concluya esta extraordinaria oportunidad de vida que ustedes mismos se han regalado, y sin que importe el grado de participación, o incluso la renuencia que hayan tenido como estudiantes, y más allá de los logros o fracasos, les digo que ya han conquistado para sí una inolvidable experiencia universitaria. El espacio físico y psíquico de nuestros Recintos ya no volverá a ser el mismo, por más que las fuerzas reactivas se esfuercen en el retorno a la “normalidad”. Sin embargo, culminado este proceso, una pregunta fundamental queda en pie: ¿Qué harán con esa experiencia; cómo potenciarla y significarla para que no se difumine en el asecho de la insignificancia y la banalidad; cómo reafirmarla para que esté a la altura del legado histórico de la cultura y de la idea de la Universidad que queremos y nos merecemos? Vale recordar aquí los versos de Píndaro: «Lo que ha sucedido, justa o injustamente, no es posible que el padre Tiempo haga que no haya sucedido.» (Olympias, II, 15)

Francisco José Ramos
27 de mayo de 2010
San Juan de Puerto Rico

Fuente: http://www.facebook.com/note.php?note_id=398010777935&id=1485270002

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